Un día en el Pesta en 2018

Al llegar hay un cartel en la puerta: “Hoy nos visita Zo”. Así los niños y niñas saben que voy a estar por allí observando.

El día antes me dieron una hojita donde explican que tienen ciertas reglas y piden a los visitantes que las cumplan. Es una hoja muy clarita donde se especifica desde el horario y cuáles son los espacios sin zapatos hasta que no se permite conversar entre adultos. Se pide que sólo haya un adulto por espacio y que tratemos de minimizar nuestra presencia, que nos coloquemos en lugares que no interrumpan el paso y que observemos discretamente y a ser posible a la altura de los niños. También, que percibamos la reacción de los niños y niñas a nuestra presencia para poder retirarnos si les estamos incomodando. Tampoco se pueden usar móviles en el espacio.

De esta manera, poniendo límites a los visitantes, protegen el ambiente. Aquí en el Pesta no sólo se habla de ambiente preparado sino también relajado. Creo que hay mucho más detrás de esta palabra añadida de lo que parece.

Fue una mañana realmente muy apacible, observando el ir y venir de los niños y niñas, entrando y saliendo de los espacios interiores y exteriores, jugando en solitario o en compañía. A lo largo de la jornada sólo escuché una vez cómo un adulto recordó una de las reglas a una niña. Enseguida la niña recogió lo que había usado y siguió corriendo para irse fuera. También me llamó la atención la forma en que el adulto verbalizó este recordatorio con calma y en voz baja, casi neutra, como describiendo un hecho: “¿Usaste ese puzzle? Se quedó en la mesa”.

Creo que no escuché ni un sólo “no”. No es necesario insistir en los límites ni explicar demasiado porque están integrados e incorporados, entre todos y todas se ocupan de respetarlos.

“Los límites forman parte de la vida y por eso, precisamente los niños que aún se encuentran muy cerca de los procesos de vida reales, pueden bregar mucho mejor con límites claros que con todos nuestros pretextos y explicaciones que al final acaban desgastando su membrana emocional y cognitiva y con el tiempo generan un malestar latente e inexplicable en el organismo”, escribe Rebeca Wild.

Además de recoger o guardar lo que cada uno usa, cosa que sucede con mucha naturalidad, y por supuesto de no dañar, hay otra regla importante: la puntualidad.

El Pesta empieza a las 9h. A las 9h el ambiente está preparado y todos los niños y niñas están llegando. Si ocurre algo muy extraordinario se puede entrar hasta las 9.15, pero en cualquier caso a las 9.15 se cierran las puertas. Aquí no hay nada al azar, y detrás de esta norma hay varios motivos. Cuando una familia llega tarde interrumpe la actividad que los demás hayan iniciado. La actividad o el juego no es entretenimiento, responde al impulso vital. Los niños y niñas no vienen a ser “guardados” como en las guarderías. El ambiente está preparado para responder a las necesidades auténticas de los niños y niñas en cada etapa de su desarrollo. Por tanto, la puntualidad no es una regla para fastidiar a nadie sino para proteger el ambiente relajado. La puntualidad se concibe como respeto al tiempo y a la concentración del otro. De la misma manera, tampoco se corre en los espacios interiores.

Podría pensarse que ésto conduce a un ambiente serio o rígido, pero no es para nada lo que he experimentado. Es cierto que no hay algarabía ni chillidos de monos que salen desatados al patio de cemento -como sucede en el sistema educativo tradicional. Aquí se oyen las voces, risas y diálogos de niños y niñas jugando, resolviendo por sí mismos las situaciones que les surgen, escalando por tubos a varios metros de altura, o usando los materiales de cálculo.

Cuando llegan los niños y niñas, se saludan con un abrazo y un beso, y a partir de ahí los adultos sólo intercambian alguna mirada cómplice y se van repartiendo por los espacios.

Sí hay ciertos momentos marcados, como la hora del refrigerio o la hora del cuento (justo antes de marcharse a casa) que sirven de referencia a medida que pasan las horas. Escribe Rebeca que “todos éstos son límites, pero cuando se marcan de forma adecuada y en un marco de vida placentero sirven de orientación”.

Como os conté ayer, en 2005 el Pestalozzi cerró y se transformó en el Proyecto Integral León Dormido, y uno de los requisitos es que los padres y/o madres acompañen. La idea es que las familias se responsabilicen de acompañar los procesos de vida de sus hijos e hijas, en vez de delegar en los centros educativos.

“Nuestra visión de un entorno adecuado para niños sería incompleta sin la presencia, atenta, respetuosa y no directiva de adultos”, escribió Rebeca Wild. Algunas de las familias que vienen al Pesta no viven en el PILD pero se reúnen de forma regular para reflexionar sobre el acompañamiento, entre ellas y con Mauricio. Él resalta que para que el grupo funcione debe “madurar el idioma“, la comunicación es la base del grupo. “No se puede esperar que el grupo haga, el grupo no hace”. Uno hace en el grupo. El desafío es crear una comunidad de respeto mutuo, si no los niños y niñas viven el malestar de los adultos. De hecho, hablando con él me doy cuenta de que en realidad no se trata de los niños y niñas ¡sino de los adultos! Una vez los límites se establecen y hay un ambiente preparado y relejado, el trabajo de los adultos es “un proceso de maduración” dice Mauricio.

Rebeca Wild en su libro “Libertad y límites” cuenta que para que un ambiente sea relajado “no debe incluir exigencias ni riesgos activos, y las expectativas que nosotros tenemos de otras personas e incluso de los niños, aun cuando no queramos admitirlo, no deben determinar nuestro comportamiento en este nuevo entorno”.

En el Pesta la atención de los adultos y acompañantes no es una atención con intención: no se buscan resultados. De hecho, hoy Mauricio habló incluso de acompañar sin observar. Creo que notó una pequeña reacción de sorpresa por mi parte. “¡Percibir en vez de observar!”, exclama Mauricio con pasión. “Observar rompe el ambiente relajado y es necesaria la curiosidad y la sensibilidad (no sólo la vista) para percibir si el ambiente es relajado”. Y que el niño “viva desde dentro“.

Y ahí he recordado de nuevo a Rebeca: “todo comportamiento con un objetivo, que se produce a partir del deseo de obtener resultados definidos de otra persona, tiene efectos demoledores a corto o a largo plazo ya que no respeta los auténticos procesos vitales”.

Otra cosa que le he comentado a Mauricio es que no he visto agresiones, ni físicas ni verbales. En el Pesta se confirma que cuando los niños y niñas satisfacen necesidades auténticas no hay agresión. “Hemos llegado a la convicción de que nadie se comporta mal cuando se siente bien”, decía Rebeca. “Los años nos han confirmado una y otra vez que –confiando en los procesos de vida– hay que dejar que el crecimiento y el desarrollo siga su curso y no determinarlos de antemano. Por ello hemos decidido -mediante relaciones no directivas- permitir que justo el organismo joven, cuyas estructuras están aún en el proceso de formación dentro de las membranas protectoras de la vida, desarrolle su propia interacción, motivada y controlada desde el interior”.

En definitiva, vivenciar el Pesta ha sido un auténtico regalo. Me ha impresionado la tranquilidad y fluidez con la que discurre todo. Mi sensación estando allí ha sido de alegría profunda, que no necesita anunciarse con luces de neón ni a todo trapo. La alegría de la vida interior, cuando hay calma y conexión.